Antes de los madrugones, de que el sol se oculte a las seis de la tarde. Los baños de septiembre son los más relajados. Hay espacio suficiente en la arena como para no tocarse, no oir voces, o que no te salpiquen cuando estás dentro del agua. Salgo del agua, y después del relax pertinente al lado del último ensayo sobre la guerra civil,me dispongo a rebuscar.
Rebuscar, entre la arena y el agua, se encuentra un caseta pequeñita, abarrotada de libros. Novedades, no. Novela histórica, grandes obras de la literatura. Pues así entre el Lazarrillo, Juana la Loca, Como cocinar al microondas, Ovidio, Los cuentos infantiles, o Schiele, llega a mis manos una joyita.
Encuentro en ese abismo tan diverso, un catálogo imposible de hayar en la red o en librerias especializadas: Julio Romero de Torres, el catálogo de la exposición que se hizo en su ciudad, Córdoba (en Andalucía), hace ya unos cuantos años. Tantos como cinco o seis, y que por vicisitudes, como no, me quedé sin poder visitar. Pues allí estaba, para mí, porque era el único que había.
Un pequeño tesoro, que volvio conmigo a la toalla, evitando que un grano de arena le cayese. Disfrutando con Romero de Torres, hasta que cayó el sol, y se levanta el fresquito. Recojo los aperos playeros y vuelvo a casa. Mañana vuelvo a playear,y me daré otra vuelta por la caseta de los libros, a ver que libro me espera.Por lo pronto, a descansar.